jueves 3 de junio de 2004

Viaje a Marruecos – 3ª parte

Fez

Efectivamente, a esa indicación partimos rumbo a Fez, que es la antigua capital del sultanato de Marruecos y se encuentra en el interior del país.

Seguimos la carretera, no muy buena, que allí conduce atravesando de Norte a Sur la geografía, al principio montañosa, no de gran altura, y luego más llana.

Vista de Chaouen

Dejamos a Chaouen a nuestra izquierda, pensando en visitar ese bonito lugar a la vuelta. Nos internamos en una zona de muchas curvas, como la administración marroquí advertía, con una gran señal de unos tres metros de alta y dos de ancha, de cemento, y no exagero nada, que nos encontramos antes de un sistema de curvas. Merecía la pena ver la foto que le hice a Carmela, para recuerdo de hecho tan insólito. La tal señal era igual que las “Z” que adornan nuestras carreteras, pero a lo bestia. ¡No será por falta de aviso!, debían de pensar los de carreteras.

Un poco más adelante, los olores de retama y adelfas se hicieron notar. Qué agradable sensación, te hace el viaje más intenso.

Unos policías de tráfico nos dieron el alto, tenían parado a un coche, un FIAT 124, con cuatro marroquíes dentro e hicieron subir, por encima de éstos, a un perro pastor alemán para que husmeara el interior. Escena alucinante. Estábamos en la zona del hachis. Tenían en la carretera una ristra de pinchos metálicos, por si alguien se le ocurría pasar sin parar.

A nosotros, al ver nuestra matrícula y la pinta que teníamos, nos dejaron seguir sin averiguar más.

Eso hicimos y poco después nos dieron otro alto, esta vez eran unos chavales que vendían fruta. Nos pedían un dirhan por un caldero, con unos tres kilos de bolsas de agua. Les di dos y ellos encantados me llenaron el coche de fruta. Las fuimos comiendo hasta Fez y aún sobraron.

El resto del viaje hasta Fez, siguió sin contratiempos. Me admiraba el paisaje y la novedad de todo lo que íbamos cruzando. En la entrada de los pueblos, un gran arco triunfal atravesaba de lado a lado la carretera, rematado en su vértice superior con una gran fotografía del rey Hasan II, es una buena manera de que los vecinos sepan quien manda.

Castillo de Fez

Al llegar a Fez, a la hora de comer, una multitud de chiquillos entre 10 y 11 años rodearon el coche y siguieron a nuestro lado, en medio del tráfico, esperando que cogiéramos a uno de ellos como guía para la visita de la ciudad. Eso nos había advertido Pepe, que cogiéramos a uno, así nos veríamos libres del resto y también espantaría a los moscones. La contrapartida era que te llevaba a los comercios donde él tenía comisión. Pero era mejor aceptar ese juego, que arriesgarse a la aventura individual.

Vista de Fez

Una vez que paramos, escogimos al que parecía más agradable y tuvimos suerte, era un gran rapaz. Nos condujo a un local para comer algo, con el calor tampoco teníamos muchas ganas, él tomo en refresco y quedamos con que más tarde le veríamos.

Nos fuimos a buscar el camping y lo encontramos. Hubiera sido mejor que no. Aquello un día debió ser inaugurado con toda la pompa y circunstancia, quedaban restos de un pasado decente. La entrada estaba bastante bien, pero ya nos sorprendió la presencia de militares armados en la puerta, una vez vistos nuestros papeles y ser admitidos, notamos que no había mucho movimiento. Fuimos a dar una vuelta por el interior y nos quedamos de piedra. La piscina, estaba vacía, y no quedaba un solo azulejo intacto, todos rotos o ausentes. Tenía porquería en el fondo y paredes. No nos lo podíamos creer. Pero para acabar de rematarla fuimos a los aseos, aquello metía miedo, en los váteres tipo turco, la mierda, con perdón, tenía una altura de 30 centímetros. Aquello era inaudito. Salimos de aquel camping, el mejor y único de Fez, a toda pastilla.

Inmediatamente buscamos un hostal, que mejor que eso encontramos con la ayuda de nuestro reciente guía.

Por la tarde, siempre con el chaval, nos fuimos a la kasba.

Patio de la Medina

Es una preciosidad, vieja, sucia, olores de todo tipo, casas viejas, gentes desarrapadas, burros de todos los colores producto de su carga de cueros tintados, comercios diminutos, pero amigo, aquello es como volver a la Edad Media Europea.

Estuvimos toda la tarde y compramos algunos recuerdos, una boquilla con incrustaciones de marfil, un tambor doble de barro, una tetera, una pulsera para Carmela y otras menudencias, eso si después de regatear, hacer que nos íbamos, llamada del comerciante, sonrisas, té con menta, asiento y charla intrascendente. Para hacer la compra de una pulsera, media hora. Los europeos ya no estamos preparados para este trajín. En Marruecos es mejor olvidar el reloj.

Me llamó poderosamente la atención el barrio de los tintoreros, una gran plaza interior, llena de agujeros redondos de un metro de diámetro y otro de profundidad escavados en la roca del suelo. En ellos tenían pieles, sobre todo de oveja y cabra, para darles color. Los curtidores se introducían en aquellos agujeros y su poca vestimenta era de todos los colores del arco iris. Los burros eran el medio preferido para el transporte dentro de la kasba, por su facilidad para abrirse camino por aquel laberinto de callejuelas estrechas. Había que pegarse a las paredes cuando pasaba una procesión de diez o doce burros, atados en fila india, y conducidos por un acemilero.

Lana teñida a secar

Entramos en un local de té. Esa si que fue buena, era un fumadero de grifa, no medía más de cuatro metros cuadrados, unos bancos alrededor de las paredes alojaban a diez parroquianos, todos con pinta patibularia, quienes muy amablemente nos hicieron un sitio, nos ofrecieron té con menta y también grifa. De lo primero tomamos, lo otro declinamos la invitación. También fumaban en pipas de agua. Alguno, por el efecto de muchos años de grifa, casi no tenía tabique nasal. ¡Buena gente!.

Ceremonia del té

Al atardecer salimos de la kasba y por una ancha avenida, de estilo colonial francés, nos dirigimos al barrio nuevo a sentarnos en un café, en él que todos eran hombres.

Las mujeres, con sus velos las mayores y casadas, sin él las chiquillas y las jóvenes. No frecuentan los locales públicos y solo se relacionan entre sí. Hay una clara separación de sexos.

Los jóvenes, la mayoría sin trabajo, deambulan por las calles, plazas y cafés sin aparente objetivo.

Cuando anochecía nos fuimos a dormir, poca cosa más quedaba por hacer.

En otro momento le sigo contando más sobre este viaje.